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Actualizado el 2006-01-16 a horas: 14:11:00

Sobre las guerrillas indígenas que tumbaron a Melgarejo

Wilson García Mérida

(Datos & Análisis).- La caída del tirano que tuvo un ministro chileno, acaecida el 15 de enero de 1871, fue una insurrección indígena en alianza con el mismo ejército boliviano, idéntica a la que el país conoció durante la Revolución Federal de 1899 con la sublevación aymara de Zárate Willka. Mas pese a ser un factor decisivo, una vez triunfante la revolución, los militares y políticos criollos desmovilizaron esa fuerza india para reincidir en regímenes de exclusión.

Wilson García Mérida

Es periodista. Reside en Cochabamba.

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“¿Qué harían ustedes, los militares bolivianos, en caso de plantearse una hipótesis de guerra si el ejército chileno osara invadir una vez más nuestros territorios tan ricos en litio, gas o agua dulce?”, fue la pregunta que, hace un par de años, habíamos lanzado a quemarropa a un joven oficial de la Fuerza Aérea cuando analizábamos la abismal diferencia logística y tecnológica entre los ejércitos de Chile y Bolivia. La respuesta del militar boliviano no se dejó esperar: “en tal caso sería una locura enfrentar a los chilenos en una guerra convencional; tendríamos que ir a las guerrillas”. Fue una respuesta terriblemente racional.

No es aventurado, en modo alguno, sostener que el ejército boliviano posee, desde sus orígenes durante la Guerra de la Independencia, una profunda conciencia guerrillera que se remonta a las republiquetas de Ignacio Warnes, de los esposos Padilla o la de los hermanos Lanza que tan bellamente describe el Tambor Vargas en su diario de campaña que editara Gunnar Mendoza. La guerrilla es una forma de organización estratégica que no sólo dio origen al ejército boliviano, lo cual es un fenómeno usual en la historia universal desde los tiempos de Atila, sino también es un recurso táctico —latente y recurrente— que le permite sobrevivir y reconstituirse en lapsos de “crisis general nacional” (esos momentos de golpes y contragolpes que según Zabaleta Mercado conducen al Estado a refugiarse en su “zona de emergencia”) tan reincidentes en nuestra dramática historia republicana. En tales episodios donde la política devela su esencia de guerra, la descomposición estatal incorpora, además, el protagonismo determinante del factor indígena. En Bolivia son los indios, en su forma de multitud, quienes resuelven las “crisis crisis” (como diría Luis H. Antezana) posibilitando los saltos cualitativos en el desarrollo democrático de nuestra historia; y en los momentos estelares de aquellos ascensos lo hacen adquiriendo una forma de multitud insurrecta.

Un documento perdido en el olvido y que pudimos conocer en 1989 gracias a la labor de don Guillermo Ovando Sanz que lo incluyó en su colección de “Folletos Bolivianos de Hoy”, nos da cuenta acerca de cómo fue que el dictador Mariano Melgarejo fue derrocado no por un simple y rutinario motín militar, sino por la fabulosa y espectacular actuación del movimiento indígena que constituyó varios bloques guerrilleros, organizados gracias a la descomposición interna del ejército, y que terminaron con el cerco a la ciudad de La Paz decisivo para la huida del tirano.

La caída de Melgarejo, acaecida el 15 de enero de 1871, fue el resultado de una acción multitudinaria en todo el territorio nacional de aquello que la jerga izquierdista denomina hoy “movimientos sociales”, es decir organizaciones espontáneas de artesanos, comerciantes e intelectuales de las capas populares urbanas, además de sectores de la élite señorial y militar resentidos con la tiranía, que confluyeron con una “indiada” en asedio decidida a liquidar con el régimen. Fue una insurrección democrática armada y libertaria idéntica a la que el país conoció después, durante la Revolución Federal de 1899 con la sublevación de Zárate Willka o durante la Revolución Nacional de 1952 con las guerrillas de Ayopaya.

El fáctico Melgarejo

Melgarejo se había pasado de la raya. Nombró Ministro de Hacienda nada menos que al Embajador de Chile en La Paz Aniceto Vergara; el tirano cedió —por migajas que solventaban los gastos fiscales— toda la franja sur de Mejillones a compañías de guaneras de Chile e Inglaterra; entregó al Brasil nuestro territorio en el río Madera como retribución al caballo pura sangre que le obsequiara el embajador brasileño Lopes Neto; reprimió, encarceló y desterró a los pensadores más prolíficos de la naciente burguesía minera como Lucas Mendoza de la Tapia y mandó a asesinar a poetas como Néstor Galindo. Pero el delito político mayor de Melgarejo consistió en abolir la propiedad comunal indígena de la tierra, es decir la eliminación del ayllu, mediante una sangrienta política impositiva y de despojo de tierras claramente etnicida que no se había cometido ni durante la colonia española.

La caída del dictador comenzó el 24 de noviembre de 1870, cuando una facción del ejército a la cabeza del entonces coronel Hilarión Daza se amotinó contra el régimen. Al batallón de Daza se sumaron el Escuadrón Sucre, el Batallón Omasuyos, el Batallón 2do. de La Paz y una columna del Regimiento de Corocoro. Para diciembre de ese año los militares rebeldes, bajo la jefatura de los generales Agustín Morales y Casimiro Corral, alcanzaron una fuerza efectiva de apenas mil hombres. El ejército en mayoría aún permanecía leal a Melgarejo. Los amotinados buscaron el refuerzo de grupos paramilitares reclutados “entre la juventud decente” de la ciudad de La Paz, que formaron el primer Escuadrón de Rifleros. Pero aún así la correlación de fuerzas era insuficiente para enfrentar con éxito al ejército melgarejista. Fue entonces que se echó mano de la “indiada”.

El coronel Rafael Díaz Moreno, jefe del Estado Mayor que comandó la campaña contra Melgarejo, redactó un informe dirigido a Casimiro Corral para su lectura ante la Asamblea Constituyente de 1871. En dicho documento, que conocemos gracias a Guillermo Ovando Sanz, Díaz Romero revela con lujo de detalles el papel que las guerrillas indígenas desempeñaron en el derrocamiento de Melgarejo.

Diaz Romero recordó que ante la necesidad de reforzar su débil e insuficiente potencia militar, el general Agustín Morales había comprendido “la necesidad de cubrir la vanguardia con partidas organizadas, que pusiesen en práctica un sistema bien combinado de guerrilleros o montoneros, semejante al de los hulanos de Prusia; y en su consecuencia se organizó una vasta línea extendida en una gran distancia que abrazase como teatro de operaciones desde Inquisivi, y que eslabonase con Tapacarí, Chayanta, Carangas y Pacajes en una extensión de más de cien leguas”.

Guerrillas indígenas

De ese modo, según el informe de Díaz Romero, se habían formado cinco vastas columnas guerrilleras, a saber:

1).- Guerrilleros del coronel Pedro Zelaya que salieron de los valles de Caracoto y Luribay, avanzando hasta Lagunillas.

2).- Guerrilleros del teniente coronel Ildefonso Murguía que salieron de La Paz y que recostándose sobre los valles de Inquisivi avanzaron hacia Tarata.

3 y 4).- Guerrilleros de Paria y Chayanta, al mando de don Federico Blacutt, en combinación con los de Carangas al mando de don Tito Andrade.

5).- Guerrilleros organizados al mando del coronel Hermógenes Pizarroso que marchó extendiendo sus operaciones hasta los Andes “y que consiguió una completa victoria en Sepulturas sobre una partida destacada por Melgarejo para proteger la remisión de un contingente que debía venirle desde Tarata”.

“Todas estas guerrillas” —explica Díaz Romero— “debían obrar solas o en combinación, con el objeto de darnos tiempo a organizar el Ejército, detener al enemigo que venía triunfante de Potosí, hacerle una guerra de recursos e imposibilitarle cualquiera evolución estratégica; para cuyo efecto se comenzó a organizar la indiada que se había sublevado, como elemento auxiliar, y como en efecto comenzó a movilizarse en masas ordenadas y paralelas que debían avanzar sobre Oruro”.

De esa manera habían confluido militares amotinados e indígenas insurrectos, y no sólo armas habían salido de los cuarteles hacia las comunidades sublevadas, sino también instructores. Morales, cuyo objetivo era asimilar los grupos guerrilleros indígenas para formar un ejército regular con nuevas Divisiones, “creyó conveniente salir de La Paz a organizar y disciplinar a los nuevos combatientes, para adiestrarlos en el manejo de las armas, movimientos y en tiro al blanco”.

El ejército de Melgarejo, tras cometer una matanza en Potosí el 28 de noviembre, se dirigía hacia Oruro para reunirse con un regimiento de refuerzo que se desplazaba desde su natal Tarata; pero los soldados tarateños al mando del coronel José Manuel Pantoja, subiendo a Tapacarí, decidieron sumarse a los guerrilleros indígenas concentrados en Arque, hecho que definió la posición de Cochabamba en contra del tirano. “Entonces es que el general Melgarejo estacionándose en Oruro, mandó venir el batallón que había quedado en Potosí y comenzó a elevar su ejército a más de 2.000 hombres armados con rifles Remington, Spencer, Sharps y de 15 tiros”.

El asedio aymara

Ya constituidos en parte orgánica de las nuevas Divisiones asentadas en Calamarca, Viacha y Laja, los guerrilleros indígenas, aún manteniendo cierta autonomía operativa, se disponían en enero de 1871 a tomar la ciudad de La Paz (donde esperaba una cuarta División en retaguardia) estructurando el asedio del siguiente modo:

— Una línea de 10.000 indios debía marchar por la serranía que domina a Calamarca.

— Otra línea de 10.000 indios debía marchar por la serranía opuesta que corre por Letanías, Totora y Umala.

— Otra línea que avanzaba desde el Desaguadero río abajo hasta Chilahuala.

— Fuera de estas líneas, debían avanzar hacia El Alto de La Paz los grupos de indios que salían de Larecaja, Muecas y Caupolicán.

Díaz Romero ofrece además estos valiosos datos:

“Cada corregidor debía tomar razón de los indios alistados para hacerlos servir como auxiliares. En cada cantón se nombró un Comandante Militar de Indios que debía recibir del Corregidor la fuerza efectiva para conducirla ordenadamente. Y en cada línea había un Comandante General de Indios que debía movilizar esas masas sin comprometerlas inútilmente; pero haciéndolas servir para interceptar comunicaciones, retirar víveres y forraje al enemigo, hostilizando de noche y avisar de sus marchas y contramarchas por medio de un sistema combinado de fogatas y sonar de pututos en las eminencias. Estas líneas paralelas que al principio custodiaban a nuestras Divisiones, fueron replegándose por retaguardia del enemigo, a medida que avanzaba. De manera que la noche del 14 de enero estaban, Melgarejo y su Ejército, completamente encajonados, sin recursos y sin saber lo que pasaba en La Paz. Así fue cómo, en el momento que descendía el Ejército de Melgarejo el día 15 a combatir a las calles de La Paz, avanzaban todas nuestras líneas guerrilleras a rodear todas las partes de la ciudad; como en efecto a las 12 del día La Paz estaba rodeada por más de veinte mil indios”.

El 12 de enero el cerco indígena impidió la llegada de Melgarejo de Sica Sica hasta El Alto, y a partir del 13 bajo las órdenes de Agustín Aspiazu los artesanos y estudiantes de la ciudad de La Paz comenzaron a organizar barricadas en las principales calles y vecindarios. “El día 15 estaban concluyéndose los torreones y cortinas al frente del enemigo, que ignoraban la posición de nuestros puestos de defensa y fortificación. (…). Apoyados nuestros flancos, se ordenó que salieran los cuerpos organizados ad hoc, situarse la media la población a los que se apoyó con una columna de guerrilleros que salieron sobre el ala derecha al mando del coronel don Severino Zapata, que avanzó hasta el frente de la Garita de Lima”.

Sangre y fuego

La batalla final fue incendiaria y sangrienta. Las guerrillas enfrentaron al ejército melgarejista dispersándolos en la Ceja de El Alto, y luego bajaron hacia el centro de La Paz en repliegue para reforzar las barricadas urbanas. Los melgarejistas habían ocupado los edificios más altos de la ciudad, en ese entonces casas de entre 3 y 4 pisos, disparando desde las ventanas contra las barricadas. Y relata Díaz Romero: “En ese momento crítico, se dio la orden de reducir a cenizas las casas que ocupaban los enemigos: a las cuatro de la tarde el incendio comenzó a ahuyentar a los que creían segura su victoria… El incendio tomó proporciones colosales y ya el enemigo comenzó a desalojar sus posiciones”.

Los combates duraron hasta la media noche y cejaron cuando se supo que Melgarejo había huido al Perú abriéndose paso entre los guerrilleros indígenas, que no lo conocían personalmente, gritando “¡Muera el tirano Melgarejo!”, con lo que confundió al enemigo.

El saldo de aquella jornada figura entre los más sangrientos de la historia boliviana. Se registró oficialmente una cifra de 1.027 muertos. El movimiento indígena mostró una vez más su capacidad de decidir el curso de la historia democrática en Bolivia. Pero después vendría el reflujo, la normalidad señorial y elitaria del poder, a pesar de la Asamblea Constituyente convocada por el nuevo Presidente, el neurasténico Agustín Morales. El ejército boliviano debía olvidar una vez más su maridaje con la guerrilla indígena para que el Mito de Sísifo siga siendo una marca indeleble en la inconclusa y dramática insurgencia de Bolivia.

llactacracia@yahoo.com

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